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Gestionar la fuerza de lo ínfimo

Texto de Silvia Duschatzky, directora académica del Diploma Superior en Gestión Educativa, del curso Pedagogía Mutante y del seminario Subjetividades Mediáticas y Educación

 

Sueño, pensamiento y acción siempre juntos,
parece ser, aunque en algunos momentos uno de
ellos prevalezca sobre los otros. Dejar que la
cosa fluya naturalmente o ninguna dualidad,
otra vez. Es preferible la ambigüedadi

 

Suena el despertador, me levanto y gestiono la cotidianeidad de mi casa. Pagar cuentas me toma tiempo… trato de que no chupe toda mi energía. Recién empieza el día. ¿Cuántas veces voy al banco en un mes? ¿Cuántas colas hago? Pago rápido… eternidad de espera. Gestionar la impaciencia. Se rompe un caño, gestiono la visita del plomero. No tengo internet, llamo al técnico de Fibertel, me da instrucciones para que saque la conexión que va del router al módem. Desenmarañar el cablerío. Gestionar las interrupciones que frenan el fluir del laburo. Gestionar el cansancio en la era de la hiperconectividad.

Una vecina me para en la calle, está angustiada, se separó. Se pregunta si además de su terapia debería tomarse un cuartito de Rivotril. Ella gestiona así su malestar o también así. Me cuentan que en el centro barrial de jubilados de Pompeya un señor reclama al representante del gobierno que haga algo para que el hospital le otorgue finalmente la fecha dilatada de la operación. Reclamar gestión y gestionar reclamos. Grupos de vecinos y militantes barriales de la periferia rosarina ponen en marcha una escuela de autogestión social. Gestión que se desvía de la Gestión.

Las clases no podían plantearse según la programación, comenta un maestro de una escuela de Buenos Aires. Gestionó una planificación, gestionó su tiempo y no pasó más. Reunión de personal, completar el libro de actas, pasar las notas, realizar la entrevista con la familia del alumno difícil. Gestionar la jornada laboral. Gestionar el automatismo. Vamos al ministerio a presentar una experiencia de educación popular, nos traen pilas de cuadernillos, videos, libros. El ministerio gestiona repertorio de discursos. La inercia de una maquinaria también se gestiona. En una escuela, en varias escuelas, los maestros se quejan de sus alumnos: “no estamos preparados”. Llegan ofertas de capacitación. Los ofertantes están a la caza de oportunidades y gestionan dispositivos. Los maestros gestionan sus expectativas, el uso de su tiempo. ¿Y mientras tanto?

Tengo que restringir el consumo de comidas afuera, cargar la SUBE, gestionar el presupuesto mensual. Juan trabaja en la construcción, avisa a su empleador que llegará tarde, tiene turno a las 6 de la mañana en el hospital. Gestiona su salud. Gestiona la relación laboral. Gestionar el funcionamiento de las vidas. Un tallerista barrial se pregunta: ¿cómo estar cada día con 20, 30, 60 pibes con vidas cargadas? Gestionar cotidianos que explotan. Gestionar terapéuticas. Gestiona preguntas.

“Hoy me quedé sin churro”, piensa un pibe del Bajo Flores. ¿Cómo gestiono la compra?

La ambivalencia de la gestión, la gestión en tiempos del empresariado de sí mismos, la gestión como combustible de las vidas. Si no gestiono, si no gestionamos, morimos aplastados de inercia, inanición, angustia. ¿La angustia pide gestión?

No paramos de gestionar. No paramos de gestionarnos. Si todo es asunto de gestión, rechazamos la gestión. Si gestión es activación de la ansiedad, rechazamos la gestión. Si gestión es atajar las soluciones que el mercado expone ya, rechazamos la gestión; si es rajar a googlear cada duda, cada miedo… ¡parémosla!

Gestión, palabra gastada, solicita desplazamientos. No necesariamente su abandono, más bien su metamorfosis. Salir del superávit de la gestión, de su exceso. Algo interrumpe el engranaje: ¡peligro! Jueces, psicólogos, programas, asistentes sociales, capacitación prestos a gestionar el “afuera”. Y allá vamos gestionando demandas. Gestionar artificios para que la maquinaria continúe. Gestionar problemas, ¿será igual?

Hay escuelas, es un dato fáctico. La escuela es un hacer del obstáculo a través del obstáculo. ¿Y qué la obstaculiza?, ¿los pibes fumados, desatentos, la pobreza, las malas condiciones edilicias, las detonaciones intempestivas de chicos y aún de maestros? ¿Qué hacemos con el maremoto, lo ponemos en la cuenta del debe? ¿O lo politizamos?

Nos encandilamos con lo que vemos, lo volvemos espectáculo, nos hacemos sus espectadores, lo derivamos a los que “saben”. Nos amurallamos en verborragias. Trazamos un abismo: ellos de un lado, nosotros del otro. Las luces de neón ciegan lo ínfimo, la fuerza de lo ínfimo. Y hay que extraerlo. Está en la superficie pero borrado a los ojos certeros, asustados. De los pibes fumados a las vidas en el fumo que nunca es sólo eso y siempre es en trama; un tambaleo de humores, alianzas oportunistas/bancadoras, afectos encontrados. Para el estado es asunto de cuenta, de datos, de estadísticas que atender, de gobernabilidad. Para los que están en el territorio la cuenta no cuenta. Meterse en los vericuetos, texturas, densidades, sensaciones de una experiencia, de una complejidad de dinámicas que hacen al desborde de la existencia. Des-borde para quienes están en el corazón de la crudeza, des-borde para nuestro lenguaje que no entiende.

Entonces lo que vuelve imposible a la escuela es el modo en que la pensamos; lo que la vuelve imposible es el desencanto, la insistencia de expectativas, el desprecio de lo que ocurre. Lo que la vuelve imposible es ajenizarla a tal punto que, aunque estemos embarrados hasta el cuello, ya no vemos más que nuestra desesperanza. Lo que la vuelve imposible es la compulsión a gestionar. Gestionar es también gestionar la interrupción de automatismos gestionarios.

Una profesora de filosofía tardó casi un año entero en lograr que pase algo. Sin destino puntual propone caminatas con los chicos y en ese ir a ningún lado se arma una conversación filosófica. Operación mínima. Ella cuenta la historia del vínculo entre caminata y filosofía, de Sócrates a Nietzsche, y caminando, los chicos se meten en el hilo de la conversación. Pibes cibernautas hiperconectados también se pausan, se silencian, las buenas preguntas lo necesitan. Hiperconectados también se pausan, se silencian, las buenas preguntas lo necesitan.

Nuestra invitación es a meternos en el problema del lenguaje, ese que tenemos adosado al cuerpo, ese que nos hace aparato de fonación más que voz. Desbaratarlo, atrapar su funcionamiento, sus reverberancias tóxicas, sus operaciones de borramiento, sus límites. Y ahí hurgar en la lengua otros hilvanes que tejan sentidos blandos. Efecto de sentido y no fundamento. Más allá de la clasificación, de las ideas preconcebidas, del exceso de significado. Más acá... investigando qué puede un lenguaje sentido, des-ampuloso. Un lenguaje de la pregunta que no inquiere responder (ya). Un lenguaje atento a leer fracasos y extraer lo no dicho en lo dicho. Inacabar el lenguaje, para decir lo inacabado, lo que vemos en estado embrionario, de fuga, de deriva… Un lenguaje que despierta imaginación y se ríe de lo imaginario.

¿Qué gestionar? Condiciones para encontrar problemas fructíferos.

 

i Zelarrayán, R. Inútiles reflexiones

 

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